Una respuesta complicada… Y larga

Cubriré con un piadoso velo de misterio la circunstancia que obligó a mi madre a dar la órden: “Lleva a tu hermana a Querétaro.”

No era una situación propensa a negociar. Desde que mis padres se divorciaron, mi madre ha buscado sistemáticamente alguien que llene el lugar de punching-bag personal. Sin embargo, el ser alguien necio y procrear con alguien necio, dará como resultado hijos que pondrán cañas verdes en la tapa de tus sesos.

Media hora después de la órden, tenía a mi hermana, su maleta y un primo que no termino de recordar como llegó ahí en un Tsuru 91, sí, el último modelo “cuadradito”.

Debido a la tensión, el viaje prometia ser tan divertido como una revisión proctologica realizada por Mike Tyson.

Afortunadamente, vivo a 6 minutos de la caseta de Tepotzotlán, así que en 10 minutos ya estaba en el carril de alta de la auopista.

A los 12 minutos, fue, como dijera Mafalda, “El empezoce del acabose”.

La dirección del carro comenzó a vibrar como si nos movieramos en un camino de terraceria, (lo cual, hay que decir, no dista tanto de la realidad, a pesar de los 50 pesos de cuota). La velocidad máxima que permitía el auto sin vibrar era de 80 kilometros por hora. Lo cual hizo que un viaje de 1 hora 30 minutos en condiciones normales, se volviera de 2:45.

Finalmente, con hora y media de retraso llegamos a casa de mis tíos. Metaforicamente tiré a mi hermana en la puerta y emprendí el camino de regreso.

Eran las 6 de la tarde de un domingo cuando vi por segunda vez la estatua de “Konin” un indio traidor que recibió la venganza de la historia, al ser objeto de culto con la estatua más horrenda de México.

Misma historia de la dirección, pero como en una segunda parte que se respete, empeoraba. La velocidad máxima sin vibración era de 60 kilómetros por hora. Sobra decir que en los 15 minutos que estuve en la ciudad no encontré un solo taller abierto.

Kilómetro 116.

Pausa dramática…

La vibración se detuvo y por el retrovisor vi una parte de metal que salía volando.

Me detuve justo en la señal que anunciaba el kilómetro y revisé el motor. Si hubiera visto el mapa mental de Paris Hilton habría tenido mas suerte. Al no notar nada, encendí de nuevo el auto y puse primera…

Otra pausa dramática…

Levanté el pie del clutch y el auto no se movió…

Recurrí a la poesía: “ME RECONTRA CARGA LA CHINGADA”.

El auto perdió tracción. Una tortuga con tres patas y artritis reumatoide crónica habría avanzado más. Abrí la cajuela y saqué los triangulos de emergencia.

Después de 25 minutos viendo como los trailers movían de manera terrorífica el auto al pasar tan rápido y tan cerca, Y CON MI PRIMO DENTRO! (¿Lo habían olvidado? Insensibles…), por fin se detuvo un taxi ecológico.

Me llevó un par de kilómetros adelante, donde un letrero en una tabla anunciaba “Mecánico”.

“Pues lo puedo remolcar aquí, para ver que tiene”. “Solo para ver” pensé… “Ok” dije, consciente de que el usurero que tenía delante guardaba un as bajo la manga de su suéter “Chiconcuac”.

“Le va a salir en 700 joven…” “¿La compostura?” “Uyyy no joven… Nada más la remolcada”. De nuevo la poesía me acompañó, ahora mentalmente.

Sacó una Caribe más acabada y fea que La Tigresa y Elba Esther juntas, el igual de funcional. Con ella recorrimos los 2.7 kms hasta donde estaba el carro y lo remolcó hasta su taller. “Se le desgranó la espiga joven… No tengo la pieza, y ahorita ya no la compramos en ningún lado” “¿De verdad? No le creo” pensé. “Si quiere se la cómpro mañana temprano y lo arreglo. Barato, 1,500, ah! Y la pieza se paga aparte…”

Pausa bahh… Ya saben.

“Guardelo aquí. Mañana vengo con mi pieza y mi mecánico. Solo guardelo por hoy.” “Por eso son 100 pesos joven…” La poesía ya no se movía de mi mente.

Me acerqué a la orilla de la autopista con la ilusa esperanza de que algún camión se detuviera y nos llevara a la caseta. Después de 45 minutos lo declaré un Epic Fail. Fuimos a una tienda cercanacon teléfono y avisé mi negra suerte en casa. Los gritos de mi madre hicieron que el perro de la tienda saliera despavorido con rumbo incierto. Todavía la familia no sabe que pasó con sus restos. En la TV Victor Trujillo daba la bienvenida a la primer camada de semifamosos que se harían pedazos no la casa de Big Brother VIP.

Le marqué al celular de mi padre. Andaba por los rumbos de Perisur con un cliente. “Ahorita en 10 minutos llega”.

Como ya estaba harto de gritos, negativas de auxilio y las risas idiotas de Victor Trujillo, volví con el mecánico.

“Pues si lo llevó joven… Pero le sale en 800 pesos”. Aún hoy trato de recordar en qué trabajaba que me permitía tener una cantidad idiota de efectivo en la bolsa. Ese día tenía conmigo cerca de 3,000 pesos. “Vamonos” dije de manera increible, por el hecho de tener los dientes pegados de furia.

Si continúan aquí, adivinaron. Nos subimos en la Caribe. De mi lado había in hoyo en el piso donde fácilmente habrían cabido mis pies para dar tracción a la manera “Picapiedra”.

Desperté tiempo después. Estaba oscuro como cueva. Escuchaba un ruido metálico y unos ronquidos épicos. El ruido lo hacia el mecánico. Los ronquidos mi primo en el asiento fe atrás. “Disculpe joven… Pero se descompuso la camioneta”. Oh Poesia, hermosa compañera. Consulté el reloj 11:45.

Llegué a la caseta a las 12:35. Tomé un taxi hasta la casa, (120 pesos más) y soporte 35 minutos de regaños y reproches de mis padres. Desde el divorcio no los había visto tan unidos para algo…

Mi padre guardó el broche de diamante para el final.

“¿Kilometro 116? ¿Y no se te ocurrió pedir una grúa gratis en el teléfono de emergencia que hay en el 117?”

En ese momento agradecí que la “Pelusa” falleciera dos años antes. Me habría orinado como colofón a un día que no he podido olvidar.

Gracias a la persona que me hizo volver a vivirlo con la simple pregunta: “¿Has tenido un día de verdad malo?”

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